“Notre-Dame es nuestra historia, nuestra literatura… Es el epicentro de nuestras vidas, el patrón de donde parten nuestras distancias”.

El ambiente es de enorme tristeza. Los viandantes deambulan, atrapados todos por un mismo punto fijo: Notre-Dame. Notre-Dame es hoy un esqueleto, un cuerpo desmembrado. París continúa conteniendo la respiración, parpadeando con insistencia, como si en un abrir y cerrar de ojos la catedral fuera a recuperar sus exuberantes formas. No se trata de un mal sueño, ni una ilusión ni un espejismo: Notre-Dame fue devorada, durante nueve largas horas, por las llamas. El martes por la mañana no quedaba rastro de humareda, ni de las rojizas llamas que silenciaron a una multitud desolada ante una tragedia que pasará a la historia: la catedral de Victor Hugo ha quedado despojada de su techumbre, de su aguja afilada, la misma que se desplomó ante la mirada del mundo entero.

“Notre-Dame es nuestra historia, nuestra literatura… Es el epicentro de nuestras vidas, el patrón de donde parten nuestras distancias”, con estas palabras, Emmanuel Macron describía, a las puertas del templo cercado todavía por un incendio desprovisto de toda misericordia, el valor de tal alegoría artística. Escogió con atención sus palabras, las mismas que no bastan para describir el valor de un emblema religioso, cultural y social; el amor por un vestigio que recordaba la grandeza del pasado, adaptándose sutilmente al tumultuoso presente.

Hoy la pregunta es una: ¿cómo ha podido suceder tal tragedia? “Es la voluntad de Dios, no encuentro otra explicación… Es un día triste”, suspira Pierre, empleado en una pequeña ‘brasserie’ a un centenar de metros de la magullada joya parisina, mientras vierte la masa de ‘crepe’ sobre la tradicional plancha circular. “El mundo no va bien y esto lo demuestra”, continúa con un fino hilo de voz casi imperceptible, “anoche no conseguí dormir”, se disculpa.