La Policía lanzó gases lacrimógenos e hizo cargas contra grupos infiltrados entre los manifestantes.

Las reformas anunciadas por Emmanuel Macron, destinadas a apaciguar la cólera ciudadana protagonizada por los chalecos amarillos, han caído en saco roto. Sirvan como ejemplo las manifestaciones del Primero de Mayo en París, marcadas por múltiples enfrentamientos entre manifestantes radicales y las fuerzas del orden. Los disturbios llegaron a tal nivel de violencia ayer que Philippe Martinez, el secretario general de la Confederación General del Trabajo, uno de los principales sindicatos de esta convocatoria, tuvo que retirarse de la marcha, que inició su recorrido en la céntrica estación de tren de Montparnasse. 

Las fuerzas de seguridad utilizaron gases lacrimógenos para dispersar y calmar a los manifestantes más violentos, recurriendo incluso a cargas policiales contra los grupos de ‘black blocks’ que consiguieron infiltrarse entre las filas de los sindicatos y chalecos amarillos, especialmente presentes en esta tradicional cita nacional. Una demostración de fuerza que pone de nuevo entre las cuerdas a Emmanuel Macron y a su Ejecutivo ante la cólera  ciudadana que parece lejos de apaciguarse.

Según datos recopilados por la Prefectura de Policía hasta media tarde, las fuerzas del orden habían detenido a 249 personas, de las que 148 quedaron bajo custodia. Esos arrestos se produjeron en los más de 12.500 controles de identidad realizados por toda la ciudad para intentar prevenir la llegada de manifestantes violentos. De acuerdo con cifras todavía parciales del Ministerio del Interior, las protestas del Primero de Mayo, en las que hubo una nutrida participación de «chalecos amarillos», reunieron en Francia a unas 151.000 personas, de ellas 16.000 en París.