La crisis sanitaria ha despojado a París de todos sus epítetos: ruidosa, ajetreada, opulenta, mágica. Es quizá el ejemplo de ciudad perfecta para ser víctima del coronavirus.

Al gorjeo de las palomas, eco indiscutible de la vida parisina, se suma el canturreo de gorriones, ruiseñores y otras especies hasta ahora silenciadas por el trajín ineludible de la capital francesa. El pasado 17 de marzo, la ciudad echó el cerrojo: cafés, bares y restaurantes cerraron sus puertas, el transporte público fue reducido al mínimo necesario, las ’boutiques’ y los centros comerciales bajaron las persianas hasta nuevo aviso. Al mismo tiempo, 600.000 personas, es decir, un cuarto de su población, huyeron de la capital hacia las zonas rurales. Desde entonces, una nueva fauna se ha ido apropiando poco a poco de los jardines desiertos, las calzadas vacías, los balcones abandonados, y los patios interiores poco o nada frecuentados.

París ha sido despojada de sus epítetos: ruidosa, ajetreada, opulenta, mágica. Este lunes 11 de mayo, comenzará, bajo estrictas restricciones, el fin del confinamiento y la reconstrucción de una ciudad desgastada no solo por una pandemia, sino por una sucesión de eventos que difícilmente pueden ser ignorados u olvidados.